Sabés que tus hijos entraron en la adolescencia cuando en vez de recibirte con un “¡Llegó Mamá!” anhelante, oís que murmuran entre dientes “¡Uh no, llegó la Vieja”
Cuando nacen y son tan chiquitos querés que empiecen a caminar. Cuando empiezan a caminar, tocan todo, rompen y están al borde de lastimarse seriamente cada dos segundos, y mientras te arrepentís de tus deseos, no podés evitar soñar con el momento en que sean más grandes, independientes y puedan compartir con vos charlas, música y viajes.
Llega el momento en que tienen su propia vida. Tu hija ya tiene menstruación y compartís toallitas, analgésicos y ataques de nervios. El varón tiene todo un mundo aparte que te excluye por completo. Y esto aún cuando sepas de fútbol, tenis, rugby y seas capaz de tomar cerveza del pico. Un varón es un varón, no una madre que tiene hermano, padre y marido, y sabe algunas cosas sobre ellos.
Junto con las charlas de amores, salidas y la vida en general y particular, y cuando ya empezabas a disfrutar de estos seres que son casi, casi seres humanos empiezan a mirarte de otra forma. Lo notás cuando llegas a tu casa y en vez del “¡llegó Mamá!” dicho con amor y anhelo, recibís un “¡Uh no, llegó la Vieja!”. ¿En qué minuto cambiaron tanto las cosas? ¿En qué andabas que no te diste cuenta? ¿No era que a vos no te iba a pasar? ¿Qué con vos todo iba a ser diferente y el idilio iba a durar para siempre?
Ahí te das cuenta qué droga potente era ese amor incondicional (sí, los hijos aman incondicionalmente, por lo menos antes de su revolución hormonal) que te tenían. El nivel de dependencia que tenés de ese amor y admiración constantes que ahora no es tan incondicional y mucho menos constante.
Te escuchaban como si fueras el oráculo de Delfos en versión digital y ahora te dan consejos ellos a vos sobre casi todo. Mi hijo llegó a decirme un día “No hagas nada sin consultarme“. Por suerte no me acuerdo en qué momento. Sólo que me lo dijo y me quedé muda, con la boca abierta y con los pies clavados en el lugar por dos o tres horas.
Mi hija se tomó su tiempo, pero finalmente no pudo evitar darse cuenta de que no la tengo tan clara. Y pasó de contarme todo a no contarme nada. NADA. Cada vez que le pregunto algo, y juro que no le pregunto casi nada, me mira con una sonrisa enigmática y no contesta. Y todo esto en una edad en la que todavía no están realmente capacitados para lanzarse solos a casi nada. Te necesitan pero no les gusta que les digas lo que tienen que hacer. Quieren que estés pero que no los mires ni les hables ni los toques a menos que ellos hagan un gesto primero. Envidio a las madres que no se cuestionan nada y ponen reglas inamovibles y se bancan las caras largas. Yo me cuestiono todo, soy culposa y altamente manipulable. Siempre hablan de lo manipuladoras que somos las madres. Nadie dice que los hijos son expertos en el tema.
Si están pensando que yo he sido una de esas madres prescindentes que nunca están y no se involucran bla, bla, bla, y me lo tengo merecido, se equivocan. Diálogo, mimos, presencia, humor y consuelo son mis nombres como madre. Sin mencionar comida, sábanas frescas y ropa limpia que me parecen lo básico. No soy la madre perfecta pero todo lo dicho más arriba lo han tenido y lo tienen en abundancia.
Cada tanto, los dos o uno de ellos aparecen por el lugar de la casa donde estoy y surge otra vez la chispa de esa charla íntima que existe entre madre e hijo/a compuesta de confesiones, anécdotas, risas, cargadas, pasadas de factura y declaraciones de amor. Me agarro de esos momentos con las uñas.
Y eso que trabajo, tengo pareja, estudio, salgo con amigas. ¿Cómo hacían las madres que se quedaban en sus casas todo el día, toda la vida?
Fuente: www.narcisa.com.ar
Via: www.mirta-nunez.com.ar
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